“En Qatar sufrimos también, pero quizás jugando mejor”. Lionel Scaloni llevaba varios minutos hablando cuando dejó la frase que mejor explicó la noche de Kansas City. Argentina acababa de clasificarse a las semifinales del Mundial, había ganado su sexto partido consecutivo en fila, había marcado tres goles y había asegurado un lugar entre las cuatro mejores selecciones del mundo. En las afueras del Kansas City Stadium los hinchas festejaban; adentro, el DT estaba varios pasos adelante.

Scaloni hablaba de lo que había pasado; pero sobre todo de lo que se viene.

La clasificación contra Suiza tuvo todos los ingredientes necesarios para alimentar la épica. El gol tempranero de Alexis Mac Allister, las atajadas de Emiliano Martínez, el empate de Dan Ndoye, la expulsión de Breel Embolo, el alargue, las respuestas de Gregor Kobel y, finalmente, el golazo de Julián Álvarez que rompió el partido antes de que Lautaro Martínez lo liquidara.

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Argentina sobrevivió otra vez. Pero una vez que bajó la adrenalina, quedó el partido. Y Scaloni lo sabe. “Tenemos que mejorar”, repitió más de una vez. Admitió que Suiza puso a su equipo en aprietos, que le costó juntar pases, que perdió duelos y que durante varios momentos no encontró la manera de salir de determinadas situaciones. “Ganamos porque tuvimos convicción de ir a ganarlo. No fue tanto por el juego, como sí por el aspecto emocional”, agregó.

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Argentina celebró la clasificación mientras, al mismo tiempo, intenta revisar todo lo que hizo mal. La Selección puede valorar la fuerza que tuvo para salir de un partido que se había complicado y preguntarse por qué llegó a necesitarla. Puede estar orgullosa de haber alcanzado otra semifinal de un Mundial y aceptar que, para llegar a la final, probablemente necesite jugar mejor. Porque ahora se viene Inglaterra.

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Contra Suiza, la Selección hizo el 1 a 0 a los 9 minutos, pero se quedó demasiado. Primero dejó de atacar, después empezó a retroceder, y Suiza avanzó cada vez más y el empate terminó siendo una consecuencia de ello.

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La expulsión de Embolo modificó el escenario. Con uno más, Argentina volvió a instalarse en campo rival. Le costó encontrar claridad, pero empezó a empujar. Después, en el alargue, además empezó a generar situaciones, hasta que Julián encontró el ángulo. Ganó porque insistió y porque tuvo más resto, pero no porque haya jugado bien. Ahí aparece la diferencia que marcó el propio entrenador con Qatar.

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Argentina también sufrió en 2022. Muchísimo. Sufrió después de perder contra Arabia Saudita, contra Australia, contra Países Bajos y contra Francia en una final que parecía ganada más de una vez. Pero la diferencia está en que muchas veces sufrió después de haber jugado bien.

Contra Países Bajos había construido una ventaja de dos goles y controlado buena parte del partido antes de que todo se le desordenara en el final. Contra Francia había dominado durante largos tramos y hasta estuvo dos veces en ventaja. En aquel momento el sufrimiento apareció, pero no siempre como consecuencia de haber perdido el control. En cambio contra Suiza fue diferente.

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“Nos costó juntar pases y ganar duelos”, reconoció Scaloni. Esa es, tal vez, una de las claves de lo que deberá corregir antes de la semifinal.

Argentina no pudo imponerse desde lo físico, pero tampoco consiguió escapar de esa batalla a través de la pelota. Le costó darle continuidad a la posesión, encontrar sociedades y juntar a sus mediocampistas. Lionel Messi quedó aislado durante muchos minutos, Julián tuvo que pelear demasiado lejos del arco. Además, Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, Enzo Fernández y Mac Allister no lograron darle al equipo el control que tantas veces construyeron desde la mitad de la cancha. Y cuando no pudo ganar los duelos, tampoco pudo juntar los pases necesarios para dejar de jugarlos.

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Inglaterra planteará otro partido. Tendrá otras virtudes, otros defectos y una propuesta diferente. Pero difícilmente le perdone a Argentina tantos minutos sin pelota, sin control y sin respuestas. Por eso Scaloni no se dejó llevar por el resultado del sábado.

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Mientras alrededor suyo todavía se hablaba de la clasificación, de los récords y de otra semifinal, él repetía que había que mejorar. No era una frase de ocasión, tampoco una manera de bajar la euforia. Scaloni tenía clara su lectura; rápidamente entendió que el 3 a 1 contó el final del partido, pero no necesariamente todo lo que ocurrió durante las dos horas de batalla.

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Argentina llegó hasta Inglaterra apoyada en muchas cosas. En los goles de Messi durante la primera fase, en la aparición de futbolistas diferentes, en la capacidad de un plantel que, incluso cuando no encuentra su mejor versión, siempre parece guardar una respuesta y también en las manos de “Dibu”. Pero además en algo que Scaloni definió mejor que nadie: el aspecto emocional.

Esta Selección cree. Cree cuando juega bien y también cuando no; cuando domina y cuando queda contra las cuerdas; cuando Messi resuelve y cuando necesita que aparezca otro. Esa convicción explica buena parte de todo lo que construyó durante estos años y también por qué sigue en carrera en este Mundial.

Pero el próximo desafío será diferente. Argentina ya demostró que puede (y que sabe) sobrevivir, pero contra Inglaterra deberá intentar algo todavía más difícil: no necesitar hacerlo.